22 minutos que no se olvidan: cuando Borg y McEnroe jugaron al límite de lo humano
Hay momentos en el tenis que enseñan más que muchas horas de entrenamiento.
Cada vez que un alumno me dice:
Pienso en una tarde de Wimbledon.
No pienso primero en quién ganó. Tampoco en el trofeo.
Pienso en 22 minutos.
Pienso en 34 puntos jugados bajo una presión difícil de imaginar. Pienso en John McEnroe negándose una y otra vez a perder. Y pienso, sobre todo, en Björn Borg regresando a la línea de fondo después de haber estado a centímetros de ganar Wimbledon.
Porque una cosa es enseñar a golpear una pelota.
Y otra muy distinta es enseñar a un jugador qué hacer cuando el partido parece escapársele de las manos.
Eso también es tenis.
5 de julio de 1980: dos maneras completamente distintas de competir
La final masculina de Wimbledon de 1980 enfrentó a dos jugadores que parecían construidos para representar extremos opuestos.
Björn Borg tenía 24 años y buscaba su quinto título consecutivo en Wimbledon.
John McEnroe tenía 21 y disputaba su primera final en el torneo.
Borg transmitía control. Desde el fondo construía los puntos con paciencia, profundidad y topspin, obligando constantemente al adversario a jugar una pelota más.
McEnroe representaba otra propuesta: zurdo, agresivo, creativo, con extraordinaria sensibilidad en la raqueta y una vocación permanente por quitarle tiempo al rival mediante el servicio y la volea.
Y competir no significa solamente jugar bien cuando todo sale bien.
Competir significa encontrar una respuesta cuando las cosas empiezan a salir mal.
Borg estaba a dos puntos de terminarlo todo
El partido había llegado al cuarto set.
McEnroe había ganado el primero 6-1. Borg respondió llevándose los dos siguientes por 7-5 y 6-3.
Con 5-4 en el cuarto set, Borg sacó para ganar el campeonato.
40-15.
Dos puntos para levantar su quinto Wimbledon consecutivo.
En muchos partidos que he observado desde una cancha, ese momento basta para cambiar completamente la conducta de un jugador.
El que está cerca de ganar comienza a pensar:
“Ya casi está.”
Y el que está cerca de perder comienza a pensar:
“Se acabó.”
Los dos pensamientos pueden convertirse en una trampa.
Porque ninguno pertenece al punto que se está jugando.
McEnroe hizo algo extraordinariamente sencillo de decir y extraordinariamente difícil de hacer:
Salvó las oportunidades de Borg, consiguió mantenerse con vida y llevó el cuarto set hasta un desempate que terminaría convirtiéndose en uno de los momentos más recordados de Wimbledon.
Entonces comenzaron 22 minutos que entraron en la historia
Un tie-break normalmente parece corto.
Este dejó de serlo.
6-6 · 7-7 · 8-8 · 9-9...
Punto tras punto, ninguno conseguía terminar el set. Match points y set points fueron apareciendo mientras ambos jugadores se negaban a ceder.
Hasta llegar al punto número 34.
Una devolución de McEnroe terminó provocando el error de volea de Borg.
El partido estaba empatado a dos sets.
Y ahora viene la parte que, como entrenador, más me interesa.
¿Qué haces después de perder algo que sentías ganado?
Borg había estado muy cerca del campeonato.
Ahora tenía que jugar un quinto set.
Quiero detenerme aquí porque esto ocurre también en nuestras canchas.
No con miles de personas mirando.
No en Wimbledon.
Pero ocurre.
El jugador que iba 5-2 y pierde el set.
El niño que tuvo match point y no pudo cerrarlo.
La jugadora que hizo todo correctamente durante una hora y comete dos errores cuando llega el momento decisivo.
Entonces aparece una pregunta mucho más importante que cualquier explicación técnica:
¿Qué haces con el punto que ya perdiste?
No puedes recuperarlo.
No puedes corregirlo.
No puedes regresar cinco minutos.
Solo puedes decidir qué hacer con el siguiente.
Borg volvió a la línea de fondo
Eso fue exactamente lo que hizo.
No necesitaba volver a ganar el tie-break.
Ya era imposible.
Necesitaba jugar la siguiente pelota.
En el quinto set su servicio se volvió extraordinariamente sólido: colocó alrededor del 80 % de primeros servicios y perdió únicamente tres puntos con su saque durante todo el set decisivo.
McEnroe tampoco se rindió.
El marcador continuó avanzando hasta que Borg consiguió finalmente la oportunidad que necesitaba.
Y en el último punto encontró el passing de revés.
1-6, 7-5, 6-3, 6-7 (16-18), 8-6.
Desde la cancha: lo que realmente podemos aprender
He pasado muchos años observando jugadores.
Niños que comienzan. Adultos que quieren mejorar. Jugadores de competencia.
Y una cosa se repite constantemente:
El cuerpo continúa jugando.
Pero la cabeza se fue al marcador.
Al error anterior.
Al miedo de perder.
Al pensamiento de lo que dirá el entrenador.
A los padres que están mirando.
Al rival.
A la excusa.
A cualquier sitio menos al punto que está enfrente.
McEnroe estuvo repetidamente frente a la posibilidad de perder y siguió buscando soluciones.
Borg vio desaparecer una oportunidad tras otra de terminar el partido y tuvo que comenzar un quinto set.
Uno ganó aquel tie-break y perdió el partido. El otro perdió aquel tie-break y ganó Wimbledon.
Los dos demostraron algo que vale la pena enseñar.
La fortaleza mental no consiste en no sentir
A veces cometemos un error cuando hablamos de jugadores mentalmente fuertes.
Pensamos que son personas que no sienten presión, que nunca tienen miedo o que jamás dudan.
La fortaleza mental no consiste en convertirse en una máquina.
Puedes estar cansado.
Puedes estar nervioso.
Puedes estar enojado contigo mismo.
Puedes haber desperdiciado una oportunidad enorme.
Pero todavía existe una pelota siguiente.
Y mientras exista una pelota siguiente, todavía tienes una tarea.
Una herramienta para llevar mañana a la cancha
Cuando entreno, me interesa que el jugador aprenda algo más que repetir golpes.
Por eso, de esta final podemos sacar una rutina muy sencilla para después de perder un punto importante:
No sigas jugándolo dentro de tu cabeza.
Tu cuerpo también necesita recibir la señal de que comienza algo nuevo.
El marcador informa. No decide el siguiente punto.
Primer saque. Profundidad. Altura. Dirección. Piernas activas. Lo que corresponda tácticamente.
No necesitas resolver todo el partido. Necesitas estar presente para esta pelota.
No necesitas ganar siete puntos de una vez.
Necesitas estar presente para uno.
Después vendrá otro.
Y cuando un alumno me dice: “Profe, ya no puedo más…”
No necesito pedirle que imagine que está jugando una final de Wimbledon.
Probablemente nunca lo hará.
Pero sí tendrá su propio 6-6.
Su propio match point en contra.
Su partido que parecía ganado y dejó escapar.
Su día en que las piernas pesan.
Su momento en que una voz interior le diga:
“Ya estuvo.”
Ahí aparece una de las grandes enseñanzas del tenis.
No siempre puedes decidir el resultado.
No puedes controlar al rival.
No puedes borrar el error anterior.
Pero todavía puedes decidir cómo vas a jugar la siguiente pelota.
Eso hizo McEnroe cuando estuvo al borde de perder.
Eso hizo Borg después de perder uno de los tie-breaks más extraordinarios de la historia.
Y por eso, más de cuatro décadas después, aquellos 22 minutos todavía pueden enseñarnos algo desde una cancha.
El siguiente todavía te pertenece.
No hay atajos.
Pero sí hay decisiones.
Y algunas de las decisiones más importantes de un tenista se toman precisamente cuando está cansado, presionado y piensa que ya no puede más.
Ahí también se transforma tu tenis.